Cronicas de la conquista de america

«Toda historia, aunque esté mal escrita, gusta». A juzgar por la aparición de estos tres hermosos volúmenes, todos ellos relativos a la historia de México en la época de la Conquista, la doctrina optimista de López de Gómara es compartida por los editores estadounidenses; y puesto que las historias que contienen están bien escritas y bien traducidas, cabe esperar que el optimismo esté justificado. En los últimos años se ha hecho una labor impresionante para poner a disposición de los lectores no españoles los registros españoles del Nuevo Mundo y de la forma de su conquista.

Estas tres ediciones de crónicas y relaciones del siglo XVI ayudan a llenar algunas de las lagunas pendientes, y al mismo tiempo proporcionan una excelente oportunidad para comparar las actitudes de los diferentes tipos de españoles hacia la tierra y los pueblos tan providencialmente añadidos a los reinos de España. Primero fueron los soldados, cuyos relatos de la Conquista, muy dispersos, han sido recogidos de forma muy útil en la obra de Patricia de Fuentes Los Conquistadores. Pero el editor de un volumen de este tipo se enfrenta a una dificultad que la señorita Fuentes no ha podido resolver realmente.

Por la naturaleza de las cosas, no se puede esperar que cada soldado lleve una obra maestra de la literatura en su mochila; y una de las características más notables de la Conquista es que nada menos que dos de los conquistadores, el propio Cortés y Bernal Díaz, eran también escritores magníficos. Pero los relatos de ambos son extensos, y además están disponibles en inglés. Si los quitamos, ¿qué queda?

Hay que confesar que no mucho. Aunque omite por completo a Bernal Díaz, la señorita Fuentes ha considerado necesario añadir sustancia al volumen reproduciendo la tercera carta de Cortés, que contiene la historia del asedio, en la antigua traducción de MacNutt. Si esto se deja de lado, nos quedan cinco crónicas cortas y dos cartas de Pedro de Alvarado.

Entre las crónicas, la del llamado Conquistador Anónimo es, cuando menos, muy dudosa, y es curioso que el editor no haga referencia a la teoría de que, lejos de ser un relato presencial, fue compuesto por un español residente en Venecia, sobre la base de las cartas de relación de Cortés. La mayoría de las restantes crónicas reproducidas en este volumen contribuyen a resaltar, por sus propias deficiencias, la notable habilidad de Bernal Díaz para dar vida a la historia de la Conquista de forma tan vívida. Sin embargo, incluso las más sencillas y poco inspiradas reflejan algo de las cualidades mostradas por Bernal Díaz, y la mejor, la crónica de Francisco de Aguilar, transmite una impresión aterradoramente claustrofóbica de la vida del conquistador en la ciudad de México, acorralado por una población nativa cada vez más hostil.

Es, sobre todo, esta impresión de inmediatez la que confiere a los relatos de los conquistadores sobre las campañas mexicanas su frescura y legibilidad. Se percibe la camaradería en las armas: «no había disturbios ni peleas, sino que, por el contrario, todo se compartía por igual, y lo que era de uno era de los demás». Esta pequeña y unida banda de conquistadores se movía por un mundo extraño y ajeno, rodeada de una población que parecía traicionera, astuta y terriblemente bárbara.

En todos los relatos se percibe una sensación de horror casi aturdido ante la idolatría y el canibalismo de los nativos. Incluso Francisco de Aguilar, que dijo haber profundizado en la historia de Grecia, Roma y Persia, y haber leído sobre los ritos que se realizaban en la India portuguesa, consideró que en ninguno de estos países había «formas de culto tan abominables como las que ofrecían al Diablo en esta tierra». Bernardino de Sahagún, principal investigador y compilador de la crónica de la conquista de México que se encuentra en el Libro 12 del Códice Florentino, fue un observador privilegiado de aquellas realidades.

Nacido en 1499, viajó a América como misionero en las primeras décadas del siglo XVI y pasó la mayor parte de su vida en el Virreinato de Nueva España, que comprendía grandes extensiones del actual oeste de Estados Unidos y el norte de México. Sahagún llegó a dominar el náhuatl, la lengua franca del antiguo imperio azteca y el idioma preferido de su élite, y con la ayuda de los nativos compuso la más detallada y famosa de las escasas historias de la conquista escritas desde la perspectiva de la población indígena. Don Felipe Guamán PomaUn autorretrato del autor indígena Guamán Poma rodeado de representantes de los pueblos del Perú.

Wikimedia Commons De Ayala era él mismo un miembro de esa población. Nativo andino de ascendencia noble e indígena, Guamán Poma dominaba el quechua, el aru y el español. La fecha de su nacimiento es incierta, pero se sabe que vivió a finales del siglo XVII en el Virreinato del Perú, en una ciudad entonces conocida como Huamanga, hoy Ayacucho.

Inquietado por los abusos de los funcionarios españoles contra la población indígena, Guamán Poma abrazó una sugerencia